Dicen que el Rey es el centro del universo, pero desde mi perspectiva —a menudo a ras de suelo, esquivando las pifias de vino de los duques—, el Rey no es más que un saco de grasa con una corona que le aprieta el juicio. Mi trabajo consiste en saltar, decir verdades incómodas envueltas en rimas infantiles y, sobre todo, tocar el laúd para que las cortesanas bailen.
Ah, las cortesanas. Esas flores de invernadero que huelen a almizcle para ocultar que no se han bañado desde la última Pascua. Mírenlas, girando con sus vestidos de seda que cuestan más que la aldea entera de donde me secuestraron. Bailan con una gracia mecánica, buscando con la mirada el favor de un conde que tiene la sífilis grabada en la frente y el intelecto de un nabo hervido.
—¡Toca, bufón! ¡Más rápido, pedazo de nada! —me grita el Duque de Alba, cuya mayor aportación a la humanidad ha sido heredar un apellido y una papada prodigiosa.
Y yo toco. Mis dedos sangran sobre las cuerdas de tripa, marcando el ritmo de su decadencia. Soy la banda sonora de su vacuidad. Soy el único en esta sala con permiso para decir que el emperador está desnudo, pero el chiste es que a nadie le importa, porque para ellos no soy un hombre, soy un mueble que hace ruido. Un accesorio, como el perro faldero de la Infanta, aunque el perro tiene más dignidad: al menos él muerde sin pedir disculpas.
Me miran y ven colores chillones. Yo los miro y veo una carnicería con buenos modales.
Veo al Obispo susurrándole pecados nuevos a una novicia en el rincón, con la mano izquierda en la Biblia y la derecha en el pecado. Veo a los caballeros, esos "valientes" que solo han desenvainado la espada contra campesinos desarmados, dándose palmaditas en la espalda mientras planean una guerra que ellos no lucharán.
—¿Por qué esa cara, gracioso? —me pregunta la Reina, cuya cara tiene tantas capas de pintura blanca que si estornudara se desmoronaría como una pared de cal—. ¡Haznos reír!
—Majestad —respondo, haciendo una reverencia tan profunda que mi nariz roza la mugre de sus alfombras—, me río tanto de ver vuestra sabiduría que temo que, si abro más la boca, mi alma se escape de pura envidia.
Todos ríen. Se parten de risa. Creen que es un cumplido. Es delicioso y amargo a la vez: podrías escupirles el mayor insulto del mundo y, si lo haces con una pirueta, te darán una moneda de oro.
Estoy harto de ser el espejo donde se miran para sentirse inteligentes. Estoy cansado de que mis instrumentos sirvan para que otros luzcan sus pies de seda mientras los míos están llenos de sabañones. Algún día, quizás, dejaré de tocar el laúd y empezaré a tocar el cuello de alguno de estos parásitos.
Pero por ahora, el cascabel suena. El viernes sigue su curso. Y yo, el único cuerdo en este asilo de lujo, sigo saltando. Al fin y al cabo, el mundo no es más que una gran corte, y todos ustedes, aunque no lleven mallas de colores, también están bailando al ritmo que otro toca.
La diferencia es que a mí me pagan por saberlo.

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